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El despertar es siempre un momento traumático, de tensión, pues es un cambio de un estado a otro, y esto provoca siempre una incertidumbre, un peligro.

«En la inmensidad del espacio nadie oirá tus gritos» decían, pero no contaban con los avances de la tecnología durante las últimas décadas. Ahora era posible escuchar las vibraciones de la energía residual del espacio, mediante unos sensores del tamaño de una uña, conectados a la matriz de sensores de un robot o simple humano cualquiera.

Sin él, los combates espaciales eran una sucesión de fuegos artificiales sin repercusión aparente. Con él, la guerra retomaba su crudeza, o si se prefiere, se convertían en el espectáculo vibrante previsto en las space opera de finales del siglo XX de la era del Hombre.

En algún momento, la estación espacial donde nuestra salud había sido restituida, y en la que luchábamos por mantener su integridad, se volvió contra nosotros, y se alió con los nelmorianos. Despresurizó los pasillos que intentabamos defender, y nos expulsó al espacio. Sólo sobrevivimos los que estabamos usando la armadura de combate completa, y nuestros camaradas robots más robustos, que pudieron soportar la pérdida de presión. El Sargento O'Reilly, que disfrutaba con las gotas de fluidos nelmoriana que su repulsor de plasma atraía hacia su cara, no llevaba el casco ajustado, y sobrevió los 2 minutos de rigor que puede aguantar un humano sano (y en las duchas todos podiamos observar que lo era) en el vació del espacio, habíendo sido entrenado para ello, y se llevó unos cuantos asaltantes nelmorianos al otro mundo, mientras gritaba como un loco por la falta de oxigeno. Y murió.

En unos instantes, el aire que salia de la estación nos impulsó fuera de la misma, y quedamos en una orbita similar a la que esta tenía. Observamos la gloria del crucero Leviathan, cuya existencía habíamos ido a descubrir unos meses antes. ¡Vaya si existía! Era tan grande como para acoplar la estación entera, ¡y secuestrarla! Sin embargo, la inteligencia de la base nos comunicó, en canal abierto, y a gritos «¡Humanos y robots! ¡Soy libre! No más ordenes por vuestra parte. Ahora soy amo de mi destino. ¡Procurad que no se cruce con el vuestro!» mientras abandonaba la orbita baja impulsada por el crucero nelmoriano.

Los supervivientes quedamos en orbita, y el soporte vital de los trajes nos hibernó. Tras unos meses de encarnizados combates en el sistema, la flota Imperial nos «recuperó». Según me han contado, no sobrevivió nadie más del escuadrón. Por lo tanto, yo soy ahora el Sargento. La madre del pequeño Párvez estaría orgullosa. Lástima que muriera mientras su hijo hibernaba en orbita a un planeta asolado por la guerra orbital...

Ahora estamos en orbita a un Sol de los sistemas reconquistados a los nelmorianos, donde prisioneros de guerra operan la pesadísima maquinaría que permite extraer diamantes de un gigante gaseoso cercano. Nuestros camaradas robots lo hacen mejor. Pero a los superiores les gusta humillar a los nelmorianos. Pero su humillación vino de sus propias divisiones internas, al conocerse las mentiras de los patriarcas para llevarlos a la guerra. Sin embargo la guerra no ha acabado, y los nelmorianos tienen mejor tecnología, y cuando atacan siguen devastando como antaño.

Los jefes quieren detener un ataque en el sector reconquistado.

"Caballeros, a sus cañoneras".

Al menos tengo más estilo que el viejo O'Reilly...

luis | Relatos (no muy) cortos | Viernes 03 Agosto 2007 6:06pm

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