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El doctor Luisvingston, buen andaluz como era, estaba apegado a sus tradiciones transmitidas desde tiempo inmemorial. Sin embargo, su carácter moderno e intelectual, que le había valido el reconocimiento de sus colegas por defender contra las fuerzas del oscurantismo las novedosas teorías de la evolución y la física cuántica, como explicación a los muchos sucesos que el cosmos guardaba, no le permitía creer en lo sobrenatural como fuerza motora del mundo. Hasta aquel acontecimiento del que hablamos en una ocasión anterior, claro. Poco podía por tanto imaginar la serie de sucesos en los que, de nuevo, se vería inmerso. O mejor dicho, soñó que se vio inmerso. Un sueño despierto, desvelado, en el que era capaz de actuar casi como una persona normal. Algunos rasgos permitían distinguirlo de un espécimen de hombre caucasiano joven normal, siempre a un ojo avezado: cambios de humor, interpretación inadecuada de los hechos que lo rodeaban, necesidades físicas y psicológicas de dudosa obtención por medios convencionales, y otros factores que por su naturaleza no osaré mencionar aquí por respeto al lector. El doctor, al recuperar la consciencia, no pudo más que temblar. Temblar de pánico, terror. Phobos, Deimos. En suma, desolación. El recuerdo de sus andanzas en el área del sueño no hacía más que atormentarlo. Pues todo lo que hizo en los meses que duró el hechizo no pudo estar más torcido, ya que esto habría ocasionado más grandes males de los que el tejido del cosmos esta hecho (¿diseñado?) para soportar. Tras numerosas infusiones, el Dr. Luisvingstong recuperó el temple. La linea entre la sanidad mental y la locura era tan difusa que lo que antes habían sido sus sueños aún se le aparecían, directamente fuera de las tierras del señor Morfeo, pues estaban asociados ya sin remedio a su forma de vivir presente y futura. Al día siguiente, confesó el contenido de sus sueños a quién más insistió en escucharlos. Tan grandes y profundas eran las palabras del doctor, que la persona que escuchó la historia no pudo sino jurarse olvidarla y no volver a hablar de ello jamás. Jamás. Pues hay cosas que es mejor que queden enterradas bajo una capa de polvo y olvido. Sin embargo, el Dr. Luisvingston no es del tipo de hombre que se rinde a la desolación, y pese a sus ahora frecuentes temblores no piensa olvidar el contenido de sus sueños. Aunque esto le provoque escalofríos. Re: La noche de los escalofríos
Khufu, <> / Miércoles 21 Marzo 2007 6:12pm
Enséñame a escribir así, por favor...
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luis, <> / Jueves 22 Marzo 2007 4:25am
Bueno, bueno, tampoco es para tanto. Escribir relatos de realidad-ficción se me da bien, no lo niego. Me gusta escribir así aunque sea recargado porque ese era el estilo de papá Lovecraft, que por cierto murió hoy hace 70 años.
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